En un escenario donde la expansión de grandes infraestructuras tecnológicas como los centros de datos parece imparable, dos agricultoras han dado un paso firme en defensa de la agricultura tradicional y el medio ambiente ante las presiones de las empresas del sector digital. Ida Huddleston y su hija Delsia Bare, propietarias de aproximadamente 1.200 acres de tierra en las inmediaciones de Maysville —equivalente a unas 486 hectáreas—, rechazaron formalmente una oferta superior a los 26 millones de dólares (más de 22 millones de euros) para vender parte de sus tierras con el fin de instalar una gran infraestructura de servidores para una empresa tecnológica vinculada a la inteligencia artificial.
La oferta presentada superaba con creces el valor estimado de mercado de sus terrenos, que Bare estima en torno a 6.000 dólares por acre, valor que multiplicaba prácticamente por diez la propuesta recibida. Sin embargo, pese a la tentadora suma, ambas mujeres han desestimado la operación con claridad, en palabras de la hija: «26 millones de dólares no significan nada», destacando que su compromiso principal es conservar sus tierras para alimentar a la nación.
La historia familiar y el apego a la tierra atribuyen un valor simbólico y profundo a esta decisión. Delsia explicó que su abuelo, bisabuelo y generaciones anteriores trabajaron estas tierras durante décadas, incluso cultivando trigo en la época de la Gran Depresión para mantener abastecida a la población cuando la situación era crítica. «Hemos dedicado toda una vida a esta tierra pagando impuestos y asegurando un suministro alimentario esencial», manifestó con orgullo.
Más allá del vínculo emocional, las agricultoras expresan preocupación por el impacto ambiental que la construcción y operación del centro de datos podría ocasionar. El intenso consumo de agua necesario para la refrigeración de los servidores en una región agrícola sensible puede poner en riesgo la viabilidad de sus cultivos y el ecosistema local. Esta crítica se suma a las dudas sobre las promesas de empleo y crecimiento económico que las compañías tecnológicas suelen argumentar, que Ida Huddleston, de 82 años, considera falsas y calificó el proyecto como «una estafa».
La resistencia de Huddleston y Bare ha chocado con la presión de la empresa promotora, que ha intentado convencer a otras explotaciones agrícolas para conseguir los terrenos requeridos. En medio de estas negociaciones, algunas parcelas vecinas podrían acabar vendiéndose, lo que pondría en riesgo el futuro del paisaje agrícola tradicional y la soberanía alimentaria local.
Para estas agricultoras, su lucha adquiere tintes casi heroicos, evocando la firmeza y determinación del personaje clásico Scarlett O’Hara, de ‘Lo que el viento se llevó’, expresando que mientras puedan vivir y trabajar la tierra, nada podrá con ellas.
El desenlace sobre si finalmente se construirá el centro de datos próximo a las tierras familiares de Huddleston y Bare todavía está por verse, pero su postura ya arroja luz sobre las complejas tensiones que genera la coexistencia entre la agricultura sostenible y el avance imparable de las infraestructuras tecnológicas.