Aurora y su familia abandonan Barcelona para vivir en una aldea gallega de menos de 50 habitantes: «Hemos tomado la mejor decisión de nuestras vidas»

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Aurora Matés, de 35 años, contó con una vida ajetreada y urbana: una casa en Barcelona, un negocio online, dos hijos pequeños y la dificultad adicional de convivir con el Trastorno del Espectro Autista (TEA) de uno de sus hijos, que les causaba una ansiedad constante. Sin embargo, decidieron cambiar radicalmente su rumbo. Actualmente viven en una pequeña aldea de Ourense con menos de 50 habitantes durante el verano y muchos menos en invierno.

La adaptación no ha sido sencilla: en la vivienda donde residen aún no tienen luz eléctrica, cocinan con bombonas de butano y deben cargar el móvil en una casa cercana que sí tiene electricidad. Esperan la rehabilitación del tejado de su nuevo hogar permanente. A pesar de todo, Aurora afirma sin titubeos: «Hemos tomado la mejor decisión de nuestras vidas».

La historia de esta familia comenzó en 2015 cuando descubrieron un antiguo pajar en esa pequeña aldea gallega. Sin embargo, tuvieron que posponer el proyecto debido a la ausencia de servicios básicos. Fue en 2023 cuando, ya cansados del estrés de la gran ciudad, retomaron la idea y finalmente compraron una propiedad formada por una casa de 136 años, un pajar, y otra vivienda unida a través de un patio interior, alcanzando un total de tres casas.

El caso de los Matés no es una excepción aislada, sino un ejemplo de la compleja realidad demográfica en Galicia. A 1 de enero de 2025, había 2.008 entidades sin población en esta comunidad, siendo Lugo la provincia más afectada con 934 de ellas. Durante 2024, 23 núcleos más quedaron deshabitados en esta provincia, evidenciando la profundidad del fenómeno del abandono rural.

La vida en el campo para Aurora y Miqueas está llena de sencillez y contacto con la naturaleza. Sus días transcurren entre el trabajo en la panadería local, paseos en bicicleta, el cuidado de vacas, y momentos donde los niños prefieren subir a los árboles o jugar con animales antes que con dispositivos electrónicos. Los vecinos forman parte de una comunidad que comparte productos del huerto y viven incidentes como la llegada ocasional de lobos que atacan ovejas, una experiencia que los niños reciben casi como si fuera un cuento.

Para Aurora, esta tranquilidad nunca antes sentida es el mayor beneficio de vivir en la aldea. Este sentimiento está respaldado por estudios internacionales, como uno publicado en la revista Environment International que reunió datos de más de 50.000 personas de 58 países, demostrando que el contacto con entornos naturales incrementa el bienestar. Sin embargo, esta experiencia también plantea interrogantes sobre el coste y la accesibilidad de este estilo de vida para la mayoría.

El fenómeno del neorruralismo viralizado en plataformas como Instagram, con historias de mudanzas improvisadas y reformas complicadas, convive con la dura realidad estadística que indica que el éxodo urbano inducido por la pandemia no ha significado una repoblación duradera en el medio rural. Aurora y Miqueas son una excepción al convertir una segunda residencia en su hogar permanente. Han vendido su piso en Barcelona, cerrado su negocio en línea y escolarizado a sus hijos en el entorno rural mientras avanzan en la rehabilitación de sus casas.

Según el Instituto Nacional de Estadística, más de la mitad de los municipios españoles mantuvieron o aumentaron su población durante 2023, lo que sugiere que el éxodo no es un fenómeno generalizado ni irreversible. El contraste entre la vida rural idealizada y la realidad económica se manifiesta en la necesidad de Aurora y su pareja de reinventar su fuente de ingresos. Él ha cerrado su negocio online para emprender un proyecto de aceites esenciales y aromaterapia y ha empezado un canal de YouTube, aunque los ingresos aún son modestos.

La pareja reconoce que la clave para vivir en la aldea es reducir gastos y depender menos del dinero que cuando habitaban en Barcelona. Este cambio no implica una desconexión total del sistema económico, sino una reestructuración profunda del estilo de vida para ajustarse a nuevas prioridades y costes más bajos.

El caso de Aurora y su familia plantea un dilema central sobre la viabilidad del repoblamiento rural: ¿hasta qué punto pueden otras familias replicar este modelo? La llamada España vaciada no se llenará solo con historias personales sino con políticas que garanticen empleo, vivienda, servicios y conectividad suficiente para sostener comunidades estables.

El medio rural, más allá de ser un refugio frente al ritmo frenético de las ciudades, se revela como un espacio con desafíos propios, desde la demografía hasta la economía local y los perfiles profesionales que lo sostienen. La experiencia de esta familia gallega muestra que para algunos, la vida en un entorno rural reducido puede convertirse en una alternativa real y enriquecedora al caos urbano, pese a las dificultades que conlleva.

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